Crea cultura, no la consumas solamente / Joaquín Rodríguez

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Crea cultura, no la consumas solamente.

La Ley de Propiedad Intelectual española ampara, en su Título 1 Artículo 2, la libre disposición de los recursos y contenidos creados por cualquier persona física, esto es, la posibilidad de ampararlos y protegerlos mediante el uso estricto del copyright o la posibilidad, equivalente, de renunciar patrimonialmente a ellos. No existe en el ordenamiento jurídico español, por tanto, oposición entre lo que se entiende por copyright y copyleft, sino, más bien, la posibilidad igualmente reconocida de blindar la circulación de un contenido o la posibilidad de liberarlo sin restricciones. La discusión es, por tanto, gratuita: no se trata de que un derecho pueda preponderar sobre el otro, sino de que, mediante su conocimiento, se haga libre uso de uno o de otro. Están, como la imagen pretende representar, concatenados, indisoluble y consecutivamente encadenados.

Entre una y otra opción, igualmente legal y parte constitutiva de la idea que deberíamos formarnos sobre la propiedad intelectual, se encuentran aquellas licencias que gradúan la disponibilidad del contenido de acuerdo con la voluntad del creador: las licencias Creative commons permiten a cualquier autor graduar a su conveniencia y voluntad la distribución del contenido creado: cabe, por tanto, en función del propósito del creador, permitir o no usos comerciales derivados, generar o no de obras derivadas, mencionar y reconocer o no el nombre original del autor, etc, etc. Toda la panoplia de posibilidades es, entre uno y otro extremo, perfectamente legal siempre que se ejerza conscientemente su uso y su aplicación.

Ese sería, sin duda, el objetivo primordial de un programa de trabajo destinado a la educación en los valores que promulga la Ley de Propiedad Intelectual: un programa de formación integral, alejado de cualquier tentación punitiva unilateral, que intentara sensibilizar a los usuarios sobre los abusos que se cometen en nombre de esos mismos derechos de una y otra parte (el ejercicio abusivo de la propiedad cuando va en contra del interés general, por una parte, o la descarga incontrolada de contenidos protegidos, por otra), y que les capacite y empodere, sobre todo, para hacer un uso consciente, constructivo y creativo de los derechos que les asisten. De hecho, tal como la imagen muestra, el uso de las licencias Creative Commons crece al mismo tiempo que lo hacen los contenidos generados por los usuarios.

Tal como ya advertía la OCDE hace ahora siete años en su informe Participative web: user-created content, la cadena de valor tradicional en la creación, difusión y uso de los contenidos no podía perdurar ya por mucho tiempo porque los dispositivos digitales y las redes que nos permiten intercambiar información y relacionarnos, romperían con el monopolio de la comunicación ejercido durante el siglo XX por los medios de masas. Es perentorio, por tanto, capacitar y empoderar a los jóvenes para que hagan un uso creativo de la web, como ciudadanos que son de un siglo en que el acceso al conocimiento se democratiza tanto como lo hace su creación y difusión. Henry Jenkins ha insistido mucho sobre esto: en su célebre Confronting the challenges of participatory culture: media education for the 21st Centuryinsiste en que las competencias que deben adquirir nuestros jóvenes están relacionadas con la capacidad de crear colaborativamente y compartir, con la posibilidad de construir conocimiento de manera colectiva, con el objetivo de crear comunidad, entre otras muchas cosas. “The new media literacies should be seen as social skills”, escribe Jenkins, “as ways of interacting within a larger community, and not simply as individualized skills to be used for personal expression”, y algo más adelante, “Youths need skills for working within social networks, for pooling knowledge within a collective intelligence, for negotiating across cultural differences that shape the governing assumptions in different communities, and for reconciling conflicting bits of data to form a coherent picture of the world around them”.

Es esencial que entendamos que vivimos en una nueva cultura, la de la participación, en un nuevo ecosistema de la información que favorece y facilita su intercambio, y que eso requiere que comprendamos cabalmente las potencialidades que se inscriben en la ley de la propiedad intelectual para que podamos respetarla y utilizarla como corresponda en cada caso: un buen ejercicio pedagógico, que rebase su mero conocimiento y evite el aire disciplinario que suele vincularse al uso de la web, sería el desarrollar proyectos transmedia en las aulas, construcción de narrativas multimediales que capacitaran a los alumnos en el uso de las herramientas, en la consulta y análisis de las fuentes, y en el conocimiento práctico de los requisitos de la propiedad intelectual. Lo transmedia como soporte y/o acicate de otras muchas competencias asociadas, como ya advirtiera, también, Henry Jenkins en su Reading in a participatory culture.

Debemos prepararnos, incluso, para cambios en la idea que tenemos de autoría y propiedad intelectual como aquellos que sufrieran en su momento los que vivieron el auge de la imprenta: en el año 1969 Ernst Philip Goldschmidt escribía en Medieval Texts and Their First Appearance in Print: “una cosa se hace evidente en seguida: antes de 1500, aproximadamente, la gente no daba la misma importancia que damos nosotros a la seguridad acerca de la identidad del autor de un libro que estamos leyendo o citando. Raramente hallamos referencias de que entonces se comentaran tales cuestiones”. La asociación entre una obra, un autor y un soporte se hizo realidad cuando la imprenta hizo factible y visible ese vínculo. Hoy, más allá de la era electrónica de la que hablaba McLuhan, regresamos a cierta forma de creación colectiva en la que autoría pierde parte de la vigencia y visibilidad que la imprenta impuso. “La imprenta”, decía McLuhan, “es la tecnología del individualismo. Si los hombres decidieran modificar esa tecnología visual con una tecnología eléctrica, el individualismo quedaría también modificado”. Las redes, en fin, como tecnología social, podrían acabar con la arraigada idea del individualismo y de los derechos asociados de la propiedad intelectual. Ese es, sin duda, un futurible, algo no enteramente descartable, que en cualquier caso debería formar parte de una pedagogía integral de la propiedad intelectual.

Llevar la propiedad intelectual a los colegios, como se propone la Fundación Atresmedia, debe ser un ejercicio, en consecuencia, en el que se fomente, potencie y fortalezca la dimensión creativa, inquisitiva y participativa de los alumnos, mediante el desarrollo de proyectos integrados y transmedia a lo largo de los que se conozcan, valoren y ponderen los derechos que les asisten en ese ejercicio. Creando cultura, no consumiéndola, al menos no solamente, en fin.

[Esta entrada ha sido previamente publicada en el blog de Atresmedia Crea Cultura]

 

 

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