Gonzalo Pontón: «Los nacionalistas sustituyen el mundo por una novela de ciencia ficción»

Gonzalo Pontón: «Los nacionalistas sustituyen el mundo por una novela de ciencia ficción»

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El historiador Gonzalo Pontón (Barcelona, 1944) se ha dedicado a editar libros de otros historiadores. A los veinte años se incorporó a la editorial Ariel. En su memoria, las clases universitarias de Historia Medieval de España a las ocho de la mañana. «A las nueve menos cuarto salía a trompicones del aula camino de Ariel, donde yo trabajaba. Me esperaba allí, a las diez, Manuel Sacristán...», recuerda. Después de Ariel, vino la fundación en 1976 de Crítica, luego Grijalbo Mondadori y, una vez jubilado en el grupo Planeta, la creación en 2011 del sello Pasado & Presente.

Fuente original: Gonzalo Pontón: «Los nacionalistas sustituyen el mundo por una novela de ciencia ficción».

Culminada su trayectoria editorial, Pontón se sumergió en la mayor aventura de su vida. Siete años de exhaustiva documentación dieron a la imprenta «La lucha por la desigualdad», que le ha valido el premio Nacional de Ensayo que otorga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. En su investigación de casi mil páginas, el autor aplica una lectura crítica al llamado Siglo de las Luces para poner de relieve sus desconocidas sombras: «La Ilustración no fue el movimiento unitario, paneuropeo, destructor del cristianismo, padre de la democracia, defensor de los oprimidos que se asocia al siglo XVIII… Eso lo decían los franceses y como en España la lengua extranjera más conocida era el francés, les compramos el invento».

Voltaire, Montesquieu, D’Holbach, Diderot, Rousseau y Locke componían una suerte de «gauche divine» al compartir la misma conciencia de clase hegemónica. Buenas palabras, pero sin una aplicación real en la sociedad: «Les horrorizaba que los niños campesinos fueran a la escuela y dejaran de labrar los campos, no sabían lo que es la solidaridad, apelaban más bien a una vaporosa fraternidad universal».

La máxima del Pontón historiador es que la divulgación histórica debe plantearse en el plano internacional, no en pequeñas parcelas nacionalistas. Y, como conoce siete idiomas, porque también ejerce de traductor, abreva su erudición en versión original (ensayos, correspondencia, memorias): «Nuestros políticos, que se llenan la boca con la separación de poderes, no han leído a Montesquieu, lo citan de oídas», apostilla con sarcasmo antes de prender el penúltimo cigarrillo.

-¿Cómo vivió sus primeros años en Ariel?

-Fueron tiempos de aprendizaje, entre 1964 y 1975. La editorial que fundaron Alexandre Argullós y Josep María Calsamiglia, ambos profesores republicanos «depurados» por el Régimen, comenzó imprimiendo los apuntes de clase de sus colegas universitarios. Estos apuntes constituían los textos que los alumnos debían estudiar obligatoriamente para aprobar y los vendían los bedeles de las facultades: los ingresos iban, íntegros, a los catedráticos. Los dueños de Ariel acordaron convertir los apuntes en libros pagando a los catedráticos del quince al veinte por ciento del precio que se cobraba a los estudiantes. Antes de Ariel ya había ejercido de «negro» editorial. Un compañero me pasaba galeradas para corregir: cobraba un duro y el muy puñetero se quedaba con la mitad de la remuneración.

«En La Transición se hizo lo que pudo hacerse. Esa ruptura que preconizan Podemos y los independentistas habría provocado, probablemente, un golpe militar»

-De aquellos trabajos de editor, ¿qué libro le dio más quebraderos de cabeza?

-Sin duda, los diarios robados de Manuel Azaña. Habíamos publicado las memorias políticas y de guerra, pero nos faltaba una parte. El presidente de la República era un escritor compulsivo de diarios. Tomaba nota de todo. En México conocí a doña Lola Rivas Chérif, su viuda. Me contó que al pasar la frontera había escondido en el refajo los manuscritos de su marido porque la FAI registraba a los pasajeros de los trenes en Port Bou. Luego le entregó aquellos materiales a su hermano Cipriano. Algún funcionario de la embajada sustrajo los diarios para utilizarlos de salvoconducto al pasarse a la zona franquista. Cayeron en manos del historiador franquista Arrarás, que los publicó fragmentados con fines propagandísticos. Carmen, la hija de Franco, afirmó años más tarde que dio con los diarios de forma accidental y se los entregó a José María Aznar. Tras un encuentro con el entonces presidente del gobierno y con el visto bueno de la familia de Azaña, los publiqué en Grijalbo Mondadori. Era el 18 de diciembre de 1997. Pronto hará veinte años.

-¿Revelaciones como esta se buscan o se encuentran?

-Se buscan, se encargan, se idean… Antes de la muerte de Franco muchos conocidos me aseguraban que tenían un libro fantástico en el cajón porque con la censura no era posible publicarlo. «Cuando yo hable, cuando yo lo cuente…». Luego les llamabas y no había nada en aquel cajón de las sorpresas. Lo de la censura, en estos casos, era una excusa de mal pagador.

-Simone Weil advertía de que las grandes palabras como «democracia», «paz» o «libertad» son peligrosas: resulta difícil acotar su significado. ¿Se está abusando del recurso a esos conceptos?

-El lenguaje de los políticos no tiene nada que ver con el de la calle. Cuando Puigdemont habla de democracia no coincide con lo que otros entendemos por democracia. Y cuando menciona al «pueblo catalán», muchos no nos sentimos identificados con su concepto de «pueblo catalán».

«Cuando Puigdemont habla de democracia no coincide con lo que otros entendemos por democracia»

-Usted vivió como editor los años decisivos de la Transición. ¿Qué siente cuando podemitas e independentistas reniegan del Régimen del 78?

-Les diría que cualquier opinión sobre un periodo político debe situarse en el contexto histórico. Tengamos en cuenta que en 1977 yo todavía iba a censura para poder publicar un libro. Se hizo lo que pudo hacerse. Esa ruptura que preconizan Podemos y los independentistas habría provocado, probablemente, un golpe militar. La Transición fue el arte de lo posible: Carrillo aceptó la bandera monárquica y Tarradellas viajó a Madrid para dialogar con Suárez.

-El nombre de su editorial, Pasado & Presente, lo tomó de la revista británica más importante del mundo. Proviene usted de la escuela histórica marxista… ¿Entiende que la izquierda -española y catalana- haya contemporizado tanto con el nacionalismo?

-Los nacionalismos son los grandes promotores de la desigualdad, un pensamiento profundamente reaccionario. Si uno es marxista no puede ser nacionalista porque el marxismo, por definición, es igualitario e internacionalista.

«El ensayo obliga a reflexionar, a pensar en lo que el autor plantea. La cultura española es más de leer novelas»

-El marxismo es hijo de la Ilustración y el nacionalismo del Romanticismo…

-Lo mejor de la Ilustración del XVIII ya había nacido en el XVII con Newton y Descartes. El Romanticismo impugna el racionalismo ilustrado y exalta los sentimientos. El nacionalismo, efectivamente, es hijo del Romanticismo: apela a las emociones, a las vísceras. Proyecta mundos imaginarios, fantásticos. Pero no se puede pensar con el estómago sino con el cerebro. Marx afirmó que había que transformar el mundo… Y los nacionalistas han sustituido el mundo por una novela de ciencia ficción. El imaginario nacionalista se asemeja al del cristianismo primitivo: los pobres heredarán la tierra. En el caso catalán, los catalanes heredarán esa tierra prometida que llaman República Catalana.

-¿Cómo ve el género ensayístico en España?

-Pues lo veo mal: el ensayo obliga a reflexionar, a pensar en lo que el autor plantea. La cultura española es más de leer novelas. Ernesto Giménez Caballero calificaba el ensayo de «maléfico género liberal». Aquí hay más novelistas que ensayistas.

-Gonzalo Pontón no lee novelas.

-Las novelas las dejo para la juventud.

-Pero la juventud no lee libros de Historia, consulta en la Wikipedia…

-La Wikipedia cumple la función que tenían antaño las enciclopedias de papel. Aporta datos, pero no una reflexión.

-De los autores que ha editado, ¿alguno que recuerde con afecto?

-Por su calidad moral, a Gabriel Jackson: era un hombre de profundos conocimientos históricos y, a la vez, de una ingenuidad entrañable. También a Ramón Carande, a quien traté cuando tenía ya 96 años. En un acto de homenaje, un periodista le pidió que resumiera la Historia de España en dos palabras: «Demasiados retrocesos», contestó.

-¿Historiadores de referencia?

-Pongamos Carlo M. Cipolla, Edward P. Thompson, Eric J. Hobsbawm, Pierre Vilar. De la historiografía española: Josep Fontana, Jordi Nadal, Joaquim Albareda, Ricardo García Cárcel…

«Recuerdo con afecto, por su calidad moral, a Gabriel Jackson: era un hombre de profundos conocimientos históricos y, a la vez, de una ingenuidad entrañable»

-¿De qué libros está más orgulloso?

-De la «Historia de España», de Pierre Vilar: nos denunciaron al Supremo por impresión clandestina. También de «Carlos V y sus banqueros», de Carande, y de «Historia del tiempo», de Stephen Hawking.

-Se cumple medio siglo de «Tres días de julio», de Luis Romero. ¿Cómo lo recuerda?

-Como un «best seller» que permaneció seis años. La idea fue de Ángel Latorre, que admiraba a Romero por «La noria»: narrar de forma simultánea los acontecimientos del 18, 19 y 20 de julio de 1936. Romero hizo historia oral, conocía personalmente a quienes los vivieron. Si las editoriales no perdieran los archivos, como desgraciadamente sucede a menudo, daría una fortuna por releer los tachones rojos de la censura en las galeradas.

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