Historia de la literatura e historia de la edición. Problemas muy comunes

Historia de la literatura e historia de la edición. Problemas muy comunes

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Josep Mengual Català / negritasycursivas.wordpress.com

Afirmar que la historia de la literatura se ocupa del estudio de la supuesta evolución o de exponer lo que, como dice el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE), constituye «el conjunto de la producción literarias de una nación, de una época o de un género» pueda parecer una perogrullada. A nadie escapa que resulta un poco demencial definir la literatura como «el conjunto de textos literarios» y al mismo tiempo literario como «perteneciente o relativo a la literatura», pues eso nos introduce en un bucle sin salida posible; sin embargo, eso sería un debate completamente distinto que lo que en realidad pondría en cuestión es la calidad del mencionado diccionario.

Fuente original: Historia de la literatura e historia de la edición. Problemas muy comunes. | negritasycursivas.

Miguel de Cervantes, por Lorenzo Coullaut Valera.

Aun así, quizá esa supuesta perogrullada no sea un asunto tan baladí como pudiera parecer a simple vista si lo que se pretende es dar carta de naturaleza a la historia de la edición como disciplina. Para empezar, no parece que dispongamos de una definición clara, inequívoca, de qué es literatura, y ni siquiera la Teoría de la Literatura ha conseguido consensuar una definición de qué es su objeto de estudio aun cuando, desde que los formalistas rusos se pusieron a ello, hace más de un siglo que se trabaja en ello.

En principio, recurriendo al esquema de comunicación, parecería que hay unas cuantas opciones principales donde detectar qué hace de un texto (o quizá mejor, de un discurso) una obra literaria: el emisor, el canal, el mensaje, el contexto, el código y el receptor. Difícilmente se puede considerar que sea en el emisor donde resida el carácter de literario de sus textos, pues incluso Shakespeare y Cervantes (a los que nadie escatimará su condición de creadores de literatura) en algún momento escribirían listas de la compra o contratos que nadie aceptará que sean tratados como parte de su obra literaria. La intención de crear una obra literaria no parece tampoco que garantice que el resultado de ese esfuerzo sea una obra literaria (cualquier lector puede dar fe de ello). Descartemos, pues, al emisor como criterio, aunque podría dar pie a derivadas bastante curiosas.

Marcel Duchamp.

En cuanto al canal, si se acepta que existen cosas tales como la literatura oral (por no mencionar la poesía visual o los caligramas), tampoco parece que sea un criterio que vaya a ser de mucha utilidad para definir la literatura o aquello que hace de un mensaje un mensaje literario, aun cuando la aparición de los ready made en el campo del arte, de la mano de Marcel Duchamp (1887-1968), quizá debería sugerirnos ciertas reflexiones pertinentes. Dejemos por el momento de lado por el mismo motivo el contexto, y centrémonos un poco en el código: la lengua literaria, y ahí toparemos con un problema que de nuevo fueron quizás el formalismo ruso y posteriormente el estructuralismo las corrientes de pensamiento que se plantearon de un modo más serio la búsqueda de la literariedad, el rasgo que define a un texto como texto literario. Pues bien, ésa parece la historia de un estrepitoso fracaso, pues o se acepta que lenguajes como el periodístico o el publicitario son literatura (dado que emplean recursos estilísticos propios de la literatura y en particular de la poesía), o llegamos de nuevo a un callejón sin salida, y, además, todo lector ha leído textos considerados literarios, pongamos como ejemplo novelas, cuyo lenguaje en nada se distingue al que uno podría escuchar en una conversación informal en cualquier bar . Y entonces llegó la Teoría de la Recepción y nos propuso considerar literatura lo que una sociedad determinada en un momento determinado tenía a bien considerar literatura y a atribuirle un valor estético. No seré yo quien diga que la propuesta no es objetable, pero tiene sus ventajas (nada más democrático y políticamente correcto), aunque también sus inconvenientes (no pasaría el más mínimo filtro de rigor científico, pues es poco menos que equivalente a pedir a la ciencia médica que admita que es enfermedad todo lo que la mayoría de ciudadanos consideremos enfermedad).

readymade

La historia de la edición (o quizá sería mejor hablar de historia de la publicación) y la historia del libro y de la lectura han estado en las últimas décadas acumulando una cantidad de trabajos bastante notables sin haber definido tampoco con el rigor deseable su objeto de estudio (la historia económica de las empresas, la de su influencia social, la de su prestigio cultural, la biografía intelectual de sus propietarios y/o directores editoriales…).

La historia de la literatura como disciplina, dada la ingente cantidad de «textos literarios» acumulados, ha tenido que ser necesariamente selectiva, crítica, ocupándose más y con mayor detenimiento de aquellas obras que por algún motivo se consideraba que tenían mayor valor. Es significativo, por ejemplo, que en el ámbito de la literatura española decimonónica ocupen lugares importantes textos destinados a la prensa diaria como los de Mesonero Romanos (1803-1882) o Mariano José de Larra (1809-1837) y haya en cambio una ingente cantidad de narradores, poetas y dramaturgos que, con suerte, ocupen en esa historia un lugar puramente residual cuando no se les relega a una minúscula nota a pie para dar fe de su existencia. Por no mencionar siquiera el caso de la literatura española del siglo XVIII, en la que ocupan lugares destacados obras a priori tan inesperables como el Informe sobre la ley agraria de Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811).

Gaspar Melchor de Jovellanos.

En la historia de la edición (o de la publicación), por lo menos en el ámbito de la edición en lengua española, no parece que se haya dado ese mismo proceso de selección que permita establecer, aun con todas las variaciones a lo largo del tiempo que se quiera, una jerarquía o un canon de las empresas editoriales, colecciones o catálogos en razón de su importancia. Y, caso de intentarlo, cabría además distinguir entre la importancia histórica, la importancia literaria, la importancia económica, la importancia social, etc. A simple vista, parece pues que quienes ocupan mayor espacio en las historias de la edición disponibles son aquellas empresas acerca de las cuales hay más documentación (o ésta es de más fácil acceso), que otras de las que todo parece estar por descubrir.

Ramón de Mesonero Romanos.

Más grave pudiera parecer proseguir con esta tarea de recopilación y proceso y análisis de datos sin haber definido todavía qué es un libro, o si una disciplina como la historia del libro y de la edición debe contemplar el caso de los llamados audiolibros o el de los libros electrónicos.

Hasta la vigésimo primera edición, el DRAE definía en primera acepción el libro (del latín liber, libri, “mebrana” o “corteza de árbol”) como un “conjunto de muchas hojas de papel, vitela, etc y que forman un volumen”, aunque no menciona que necesariamente se trate de hojas impresas, y en segunda acepción como una “obra científica o literaria de bastante extensión para formar un volumen”, donde quizá debemos sobreentender que se trata de una obra, científica o literaria, “escrita”. En la vigesimosegunda edición del diccionario, la primera acepción ha cambiado ligeramente para introducir el concepto de encuadernación: “Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen”, y en la segunda hay incluso una mayor precisión: “Obra científica, literaria o de cualquier otra índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte”. No considero que sea afinar mucho, porque, aun sin referencia a la escritura, con esta definición un texto cualquiera, fijado en tinta o por cualquier otro método, se convierte en libro sólo por el hecho de tener una extensión suficiente para ser susceptible de formar volumen, y no será ocioso recordar cuál es la definición que, en tercera acepción, da el DRAE de volumen: “Cuerpo material de un libro encuadernado, ya contenga la obra completa, o uno o más tomos de ella, o ya lo constituyan dos o más escritos diferentes”. A medida que uno avanza por este camino, cada vez parece menos claro qué es un libro, porque a primera vista podría parecer que lo que está diciendo la Real Academia de la Lengua Española es que un libro es cualquier conjunto de “hojas u otro material” que pueda convertirse en “un libro encuadernado”. Eso incluye, obviamente, tanto el listado de todos los jugadores de críquet que han participado en un Mundial como la fijación de los poemas que, transmitidos oralmente, hoy conocemos como el Romancero, o como la compilación de las letras de todas las canciones interpretadas por Rafaella Carrà.

papiro

Tal vez al fin y al cabo, ya sea recurriendo al emisor, al código o al mensaje (quizás incluso al contexto), en algún momento habrá que consensuar cuál es el objeto de la historia de la edición. Y, visto lo visto, acotar el campo a la llamada “edición literaria” tampoco parece que constituya una línea divisoria muy clara. Aun así, mientras tanto seguimos avanzando.

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