La edición sorprendida y el patriarca ausente | verba volant, scripta manent

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La edición sorprendida y el patriarca ausente | verba volant, scripta manent.

7 JULIO 2014 / BERNAT RUIZ DOMÈNECH

Beatriz de Moura ha decidido dejar de fingir y emprender una vergonzosa retirada de Tusquets confirmando la crónica de una muerte tantas veces anunciada y tantas veces negada. El Min(h)isterio de Deportes, Educación y Cultura –el orden de los factores no altera la ignorancia- acaba de fallar las subvenciones a las revistas culturales concentrándolas en aquellos que menos lo necesitan. Dos tontas noticias que tanto nos dicen del país en el que vivimos y de la cultura que sufrimos.

España pasó del franquismo a la democracia sin hacer los deberes. La Transición consistió en repintar la maquinaria franquista y hemos llegado a nuestros días con desconchones y herrumbre imparables. Los altos funcionarios del Estado y un buen puñado de políticos se cambiaron de chaqueta y siguieron a lo suyo. La divina progresía entró en rumbo de convergencia –que no colisión- con sus adversarios ideológicos y de esos lodos vienen nuestros polvos.

Dos paralelas son dos líneas que se juntan en el infinito; en la edición barcelonesa eso sucedía habitualmente en las fiestas de la alta burguesía. Coincidían el franquismo sociológico con los cachorros inconformistas, es decir, con sus propios hijos o los amigos de sus hijos –¡oiga, que el mío es decente pero va con rojas compañías que lo distraen! Una de esas fiestas era la gala de entrega del Premio Planeta y a ella acudían todos. Lejos de liarla parda se entendían perfectamente. Qué guapos, qué cultos, qué encantados de haberse conocido y volverse a conocer año tras año. Se mezclaba la gente de orden que admitía que un cambio era necesario pero a su debido tiempo con aquellos que decían ansiar el cambio pero de forma ordenada, no fueran los obreros –los de verdad- a cambiar las cosas por sí solos. Para dar color y negocio se traían amiguetes del otro lado del charco, que si lo de aquí mejoraba lo de allí estaba a punto de irse a la mierda con patrocinio de los chicos de Milton Friedman.

La cuñada de De Moura tuvo más estilo enajenando Lumen sin marear tanto la perdiz, Jorge Herralde se desprende poco a poco de Anagrama en un crepúsculo de señorial decrepitud mientras que lo de la Balcells no tiene quien lo escriba: ficha a su sucesor y luego vende el chiringuito. Los derechos de lo mejor de la literatura en castellano están en manos de un agente norteamericano. Dos orejas, el rabo, ovación y vuelta al ruedo.

Mientras tanto todo el mundo sigue convencido que Planeta es un grupo editorial. Planeta es un grupo editorial porque al patriarca le dio por los libros cuando podría haberle picado por las lavadoras o los motores de gasógeno. De haber sido así puede que hoy el octavo fabricante mundial de electrodomésticos se llamara Planeta. No fue así por caprichosos motivos; uno de ellos fue que el papel estuvo sujeto a estricto control estatal hasta finales de los cincuenta y en esas lides ayudaba mucho, muchísimo, haber entrado en Barcelona como capitán de La Legión. También ayudaba mucho, muchísimo, formar parte del franquismo sociológico altoburgués. No sé si vamos entendiendo lo de las paralelas. Otras líneas no tan paralelas, como las de los editores –republicanos- que ya lo eran antes de la Guerra Civil, ni tuvieron tanta suerte ni son tan recordados, véanse casos como el de Joan Sales. A parte de algunos historiadores de la cosa, en este país hemos olvidado lo que le debemos al exilio editorial si no en volumen, sí en calidad.

El patriarca planetario, marqués del Pedroso de Lara desde 1994, fue un superviviente que construyó un imperio. El problema de los imperios construidos por supervivientes es que no suelen sobrevivirles al estar hechos a su imagen, semejanza, limitaciones y contexto. Especial relevancia cobra el contexto en un país acostumbrado al qué hay de lo mío y a solucionar ciertos problemas de mercado en los despachos de la administración mediante el socorrido expediente de deme aquí una subvención –que en realidad no necesitan- o mónteme allá un concurso público a mi medida para ganarlo sin muchos problemas. No suelen liderar el sector sino que viven de él y agostan otros desarrollos.

Echar la cuenta de los sellos de supuesto prestigio que han pasado limpiamente a manos de grandes grupos como Planeta sin el mínimo sonrojo de sus divinos fundadores empieza a mostrarnos que detrás de ciertas posturas hubo mucha boquilla. ¿Editores comprometidos? ¿Con qué? ¿Con quién? Acaso diletantes de lo escrito y, por favor, que nadie confunda lo que estoy diciendo: sabían mucho de editar, publicaron títulos insustituibles de autores imprescindibles, pero creyeron que con eso era suficiente y no vieron ningún problema en pasarse con armas y bagajes a grandes grupos creyendo –o dejándose engañar conscientemente- que respetarían su alma editorial. Cada vez que Planeta compra un sello de prestigio veo a un millonario hortera comprando un Gauguin. Eso no es edición, eso son finanzas e ínfulas y pretender formar parte de una clase social que les tolera por su poder económico y político, no porque crean que ya son de los suyos. Que los hijos de nuestros progres editoriales no hayan sido capaces de seguir con la empresa familiar mientras los hijos del patriarca sí lo fueron es muy elocuente.

Se nos ha hartado con historias galantes y poco mentirosas en las que jóvenes editores de buena familia sorteaban la sórdida e hilarante censura; se nos ha mostrado cómo se secuestraba una tirada por aquí, o se mutilaba una obra por allá; se nos ha contado cuán cosmopolitas eran hiendo de París a Londres, de Roma a Nueva York o descubriendo Cadaqués; poca atención hemos prestado a los que, además del tiempo y el dinero –que no tenían-, se jugaron el tipo importando ediciones clandestinas, editando títulos peligrosos cuya simple presentación ante cualquier censor hubiera terminado ante el Tribunal de Orden Público y con los huesos molidos al fondo de alguna celda.

Ah, sí… las subvenciones. La edición de este país sigue sorprendiéndose que ciertas cosas sucedan. El grueso de las subvenciones a la edición –sean de libros o revistas culturales- siempre ha ido a parar a aquellos que no las necesitan. La gran diferencia es que ahora hay tan poco dinero que prácticamente sólo se subvenciona aquél con línea directa con secretarios de cultura para arriba y un montón de pequeños y no pocos medianos quedan al pairo. Pero los que ahora lloran han participado siempre de un sistema fundamentalmente injusto que sólo les dio las migajas. Algún día entenderé el discurso esquizoide de ciertos intelectuales de la cultura que, si con una mano denuncian los aires bananeros de la gestión cultural española, con la otra piden subvenciones como si las otorgara una maquinaria administrativa escandinava. Si la gestión es tercermundista las políticas también lo serán. No se puede estar en misa y repicando, eso lo sabía muy bien el patriarca –y lo saben sus herederos- para los cuales engranar su política comercial con la política del mandarín ocasional es algo natural. Por eso a los grandes de España les gustan tanto los inventos del TBO como la Marca España, porque forman parte del pacto: tú me darás lo que necesito cuando te lo pida y yo hablaré bien de tus ideas de bombero cuando sea necesario. Quid pro quo.

No esperemos que las grandes empresas e instituciones españolas del libro cambien, porque no lo harán. Están hechas a imagen y semejanza de un sistema que las mima porque las necesita, porque propaga su visión única del mundo. Dejemos de hablar de cultura porque ellos no van a eso –nunca han ido a eso- pero se han sabido vestir con sus ropajes y muy pocos han visto a tiempo que el emperador iba desnudo. Dejemos de pedir que mejore la gestión porque no les han puesto ahí para eso. Dejemos de esperar nada de ellos –de las viejas glorias, de los grandes grupos, de las miopes instituciones, de los políticos de siempre- y quizás, sólo quizás, tengamos un futuro como industria. Aprendamos a andar sin sus muletas y se volverán tan innecesarios como irrelevantes.

Nota: que nadie confunda el culo con las témporas ni al grupo financiero con los buenos profesionales que trabajan en los distintos sellos de Planeta. No son lo mismo

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