La picadora de papel: con los libros almacenados y no vendidos en España se podría llenar el Camp Nou

La picadora de papel: con los libros almacenados y no vendidos en España se podría llenar el Camp Nou

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Karina Sainz Borgo / vozpopuli.com

De tan sólo pensarlo se le pone a cualquiera la piel de gallina. Cientos de cajas repletas de libros, apiladas en un almacén municipal. Precintadas, cubiertas de polvo y llenas de títulos: desde novedades hasta recetarios publicados por alguna consejería de cultura que ha olvidado su existencia. Ninguno de esos libros, cuyo destino es la divulgación y dotación de bibliotecas municipales, llegará a los lectores. No lo hacen por razones varias: porque había que renovar la licitación del distribuidor y no se hizo a tiempo; porque los retrasos en la adjudicación de contratos se eternizan; por falta de personal. El asunto es el mismo. Quedarán ahí, sepultados bajo telarañas. La escena es más común en España de lo que se cree.

Fuente original: La picadora de papel: con los libros almacenados y no vendidos en España se podría llenar el Camp Nou.

El Ayuntamiento de Castellón denunció la existencia de un almacén con 772 publicaciones y 61.611 ejemplares de libros editados por el consistorio, metidos en cajas

En los últimos dos años se han registrado cerca de una decena de casos de este tipo. Esta misma semana, el Ayuntamiento de Castellón ha denunciado la existencia de un almacén en las dependencias de la Concejalía de Cultura con 772 publicaciones y 61.611 ejemplares de libros editados por el consistorio que estaban “amontonados, en la oscuridad y cogiendo moho” –en palabras del comunicado de prensa-. Estaban valorados en unos 700.000 euros. Junto a esos libros también se han encontrado más de 4.500 discos compactos (CD) musicales en las mismas condiciones. Ante semejante hallazgo, el vicealcalde de Castellón, Enric Nomdedéu, atizó: “Se publicaban colecciones de artículos de opinión de determinados periodistas amigos, se abandonaban ejemplares en un cuarto y, en definitiva, era porque se realizaban publicaciones para contentar a los autores, no al lector”.

Algo parecido ocurrió en el año 2015, en Madrid. Hace apenas un año, justo cuando los efectos del recorte presupuestario para dotación de bibliotecas intentaba salvarse con donaciones. En esos días 5.250 volúmenes se quedaron apilados en cajas en el almacén de la Unidad Central Bibliotecas Públicas. ¿El motivo? El contrato de la empresa encargada de distribuirlos había caducado. Es decir: no había quien los llevase a su lugar. Los libros llegaron a su destino, meses después. Los retrasos acumulados hicieron que el total de libros almacenados llegara a los 30.000 volúmenes. El agua para regar los estantes de las bibliotecas municipales, secas de novedades desde 2012, llegaba… con retraso, y gasto.

En 2015 la Generalitat valenciana admitió conservar en un almacén más de 375.000 libros. De esos, 2.100 eran títulos publicados en los últimos 30 años

Pero hay más, en tiempos de vacas flacas y gordas han ocurrido estas cosas. En el año 2006, trascendió que la Junta de Galicia amontonaba un millón de ejemplares en almacenes. En 2015 la Generalitat valenciana admitió conservar en un almacén más de 375.000 libros. De esos, 2.100 eran títulos publicados en los últimos 30 años por la Generalitat Valenciana, sus consejerías, las empresas y fundaciones públicas. Mantenerlos en el almacén generaba un gasto de alrededor 4.500 euros al mes, el precio que pedía la empresa privada por guardarlos. ¿Qué significa todo esto? ¿Es una metáfora… pero exactamente de qué? ¿De la falta de políticas públicas que concilien los planes de lectura y los planes de publicación? ¿De la dinámica de un mercado desproporcionado? ¿De qué?

El dilema de la edición institucional

Este tema tiene un antes y un después de la crisis económica. En época de vacas gordas el número de títulos y publicaciones institucionales alcazaba una cuota lo suficientemente alta como para que, a día de hoy, sigan ocupando espacios en almacenes. En el año 2010, la Asociación de Editores de Andalucía (AEA), se pronunció ante la “preocupante” situación por exceso de edición pública en esa comunidad: entonces, suponía un 13,4% de la producción editorial, cuando la media en el territorio nacional era de 8,6%sobre el total de la producción.

El estallido de la crisis y la política de recortes tanto en los presupuestos generales como autonómicos y municipales cortaron de raíz un monstruo cuyo volumen parecía ir a más sin remedio. Según los datos de producción editorial por naturaleza jurídica del agente editor de contenidos en la Panorámica de la edición española correspondiente a 2015, el número de títulos de edición oficial había experimentado una disminución sensible. Así lo demuestran las cifras: en un año, las publicaciones de los organismos oficiales de la Administración General del Estado se redujeron en un 9,6% hasta acabar en los 1.200 títulos; en una proporción menor, pero también a la baja, las publicaciones de Organismos Oficiales de la Administración Autonómica y Local del Estado cayeron casi un 5%, el total de ejemplares publicado era de a 1.575.

Sobre los libros apilados en el Camp Nou

Según Manuel Gil, autor del blog profesional del sector editorial Antinomias del libro: “Con los libros almacenados y no vendidos en España se podría llenar el área del campo del Camp Nou a casi el doble de la altura del edificio que le rodea”. El asunto es aplicable sobre todo a la industria, al volumen de títulos que salen a la calle mes a mes, en un país que reconoce –según el último CIS- leer muy poco. Al menos así lo indicaban los datos del Barómetro del Barómetro (julio 2016) del Centro de Investigación Sociológica (CIS), según los cuales, dos de cada tres españoles no leen un libro nunca, aunque sí declaraban acudir al menos una vez a la semana bar.

En lo que respecta los libros almacenados en instituciones que no consiguen distribuir y entregar esos títulos las bibliotecas públicas, es un asunto pasa por encima de temas logísticos o de mercado, para señalar un tema de eficiencia. Sin embargo, lo que sí es indiscutible el que este tipo de situaciones genera todavía más sobrecarga a un mercado que se mantiene a punta de imprimir libros y que, justamente por ese motivo, no hace más que almacenarnos porque se devuelven o destruirlos para al menos sacar de ellos pulpa para más papel.

“Con los libros almacenados y no vendidos en España se podría llenar el área del campo del Camp Nou”

Hay una palabra que sirve, sin duda, para arrojar luz al tema: la devolución. Y tiene sentido justamente porque influye en el precio de cada ejemplar. Hasta 2014 el precio medio por ejemplar se mantuvo estable en los 14 euros reconocidos por el Observatorio del Libro como PVP. ¿Qué empuja un libro a subir de precio? ¿La demanda? En parte sí en parte no. De ahí que sea importante referirse al método editorial de la “colocación” de libros en las librerías y redes comerciales. No todo lo que se ofrece se factura a una editorial, sólo lo que el librero consigue vender. El resto, retorna al editor. De ahí se extrae la tasa de devolución anual, que se calcula a partir de la cifra media de devolución y de la cifra media de facturación de las editoriales. En 1999 fue del 20% y en 2012 se encontraba en 33%. Es decir, de los 3,95 millones de euros totales facturados, 1,33 millones se fue en devoluciones.

¿Qué significa esto? Si el editor ha calculado mal, es porque ha impreso más libros de los que el mercado puede absorber. Tiene dos opciones: asumir pérdidas o subir el precio del libro con la intención de seguir editando la cantidad que produce para compensar. Considerando que en España existe un precio fijo que protege a ciertos títulos, una revisión de la evolución del coste promedio de cada ejemplar muestra de qué forma este ha pasado de 11,8 euros en 2002 –manteniéndose durante seis años entre los 12 euros y los 12.75- a registrar el precio más alto incluido en los informes oficiales en 14,52 euros en 2012. La cifra total del informe correspondiente a 2014 registró un precio medio del ejemplar de 14,29 euros, (0,11 euros más que en el ejercicio anterior). Es decir, un 23% más en una década.

Si a esto se suma el papel de las instituciones como “editores”, el asunto va a peor. La picadora de papel, a toda marcha

Uno de cada tres españoles no abre un libro jamás. Los que lo hacen, compran, como mucho, 8 al año. Y de cada diez personas que descargan libros electrónicos, sólo 4 pagan por leerlos. Los datos pertenecen al Barómetro (enero 2015) del Centro de Investigación Sociológica (CIS) y también al informe Hábitos de Lectura y Compra de Libros realizado por la Federación de Editores. Considerando que España es, sólo por detrás del Reino Unido, el país que más novedades ofrece – 1.692 títulos nuevos por millón de habitantes- la cifra resulta poco menos que desconcertante y contradictoria. Claro: publicar no significa vender, algo que saben de sobra las editoriales, que han sufrido pérdidas acumuladas de más del 20%, a pesar de imprimir e imprimir libros para colocarlos en las librerías. Sin embargo, si a esto se suma el papel de las instituciones como “editores”, el asunto va a peor. La picadora de papel, a toda marcha. A pesar de eso, los lectores de las bibliotecas siguen lejos de acceder a novedades con regularidad.

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