Las políticas públicas para el libro y la lectura: la industria editorial

Las políticas públicas para el libro y la lectura: la industria editorial

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CARLOS ANAYA ROSIQUE / lasillarota.com 16, 30 julio y 20 agosto

El pasado 5 de julio, en la Ciudad de México, se realizó la segunda Audiencia Pública para la elaboración de la Ley General de Cultura. El 16 de julio, en el portal de La Silla Rota, publiqué la primera parte de la ponencia presentada. Va la segunda y última parte:

Fuente original:

1era. Parte: Las políticas públicas para el libro y la lectura: la industria editorial | La Silla Rota.

2ª. Parte: Las políticas públicas para el libro y la lectura: la industria editorial | La Silla Rota.

3ª. Parte: La industria editorial como entidad estratégica de la economía nacional | La Silla Rota.

El martes 5 de julio, en la Ciudad de México se efectuó la segunda Audiencia Pública sobre la Ley general de Cultura y allí leí el siguiente texto, que divido en dos partes para los lectores de La Silla Rota:

 Las Políticas públicas

Como inicio es necesario reconocer la ausencia de políticas públicas integrales relativas a la educación y la cultura, en todas sus articulaciones institucionales, en los tres niveles de gobierno: federal, estatal y municipal.

Los objetivos de las políticas públicas se pueden concentrar en tres puntos:

  • Impulsar la democracia participativa y autogestionaria.
  • Combatir la desigualdad y la pobreza para implantar la justicia social.
  • Desterrar la corrupción en todos los niveles del Estado y de la sociedad.

Los derechos humanos son reconocidos como la base del desarrollo democrático de nuestra sociedad y elemento básico del individuo. Como tal, la lectura queda inmersa como un derecho humano, que se ampara, además, en el precepto constitucional de libertad de expresión y derecho a la información. En ese mismo orden de ideas, para que la lectura se dé es necesaria la existencia de la cultura escrita, del libro en todas sus expresiones, libros, publicaciones periódicas, diarios y en todos sus formatos.

Como tal es obligación del Estado tutelar su preservación, desarrollo y garantizar el acceso de todos los habitantes del país, en sus diversas lenguas y, además, reconocer la existencia de las industrias culturales sobre el tema.

Los desafíos presentes para garantizar el acceso a la lectura y al libro pasan porque la industria editorial logre un crecimiento sostenido y con rentabilidad, superando el campo minado y lleno de obstáculos que hoy se presenta.

Como ejemplo, y según los datos del Censo de Población del 2010, podemos concluir que existe una insuficiente cobertura educativa y cultural (al igual que de las otras necesidades básicas: empleo, salud y alimentación, vivienda y transporte público, por citar algunas) y se constata un aumento generalizado de la pobreza y la desigualdad social.

Si reconocemos que existe un vínculo entre educación de calidad y comportamiento lector, debemos reconocer cómo se ve afectado dicho comportamiento con base en los datos censales. En México, sólo el 2% de los 120 millones de habitantes son considerados lectores frecuentes. Según datos de la ONU, la situación en otros países oscila entre el 18% de lectores frecuentes en Chile y 91% en Japón.

Por lo demás, existe una oferta editorial tradicional, variada y múltiple en todos los temas y subgéneros de la edición; sin embargo, el cuello de botella está en los bajos índices de lectura y en los canales defectuosos de promoción, exhibición y venta, en los llamados “escenarios del libro”, tales como la falta de librerías y puntos de venta.

Nos hace falta información adecuada y oportuna para el análisis básico de la oferta editorial y la demanda social, fundamentales para una “orientación al mercado”, una selección apropiada de títulos y una política comercial y de promoción idóneas.

Se requiere generar un modelo estadístico para superar lo que algunos autores llaman “síndrome crónico de insuficiencia estadística”, que nos permita la mejor toma de decisiones y la generación de las mejores políticas públicas. Las únicas cifras consistentes son las que genera la propia CANIEM; habría que insistir en la generación de información por otras fuentes, entre las que se encuentra la Agencia Nacional del ISBN (que por cierto debería de ser administrada por el sector editorial), para conseguir su transformación profunda y levantar información que nos permita tener un panorama cierto de las librerías, las bibliotecas y el estado de la lectura.

Es urgente la generación de políticas públicas que auspicien y promuevan el desarrollo de empresas editoriales fuertes que logren terminar con la precariedad e inmadurez que se presenta: pocas empresas grandes, con capacidad internacional, por una parte, y muchas y variadas editoriales pequeñas que intentan promover la bibliodiversidad, pero que se encuentran sin alternativas de comercialización, por la otra.

Objetivos estratégicos

  • Impulsar la lectura en todos los niveles de la sociedad y multiplicar los lectores.
  • Atender la demanda potencial suprimida.
  • Conquistar a los lectores infantiles y juveniles.
  • Revitalizar los fondos editoriales.

Las políticas públicas estratégicas deben impulsar el desarrollo de la industria editorial en la sociedad.

Para el desarrollo de las industrias culturales, se requiere de democracia, es decir, del reconocimiento y participación de la sociedad en la toma de decisiones y el desarrollo del país.

En ese sentido, las políticas públicas deben permitir que las decisiones de los contenidos de las acciones educativas y culturales del Estado, entre otros los programas escolares y los libros de texto obligatorios, además de los acervos de las bibliotecas públicas y escolares, se acuerden con la propia sociedad.

Traigo a cuento una pregunta necesaria: ¿Por qué millones de mexicanos no consideran a las librerías como organismos sociales necesarios (ni frecuentan las desabastecidas bibliotecas públicas)?

Es decir, hay que traer a la discusión, el papel del Estado, por una parte, como editor principal de la oferta educativa y, por otro su verdadera función como promotor social y como comprador de libros para las bibliotecas públicas y escolares. Es necesario, por tanto, establecer una alianza autónoma y no subordinada entre la industria editorial y el Estado.

Las políticas públicas deben amparar la capacidad exportadora de libros mexicanos y la compra-venta de derechos subsidiarios, que perdimos en décadas anteriores por decisiones equivocadas de política económica, favoreciendo la competencia asimétrica y desigual con otros países de habla hispana.

En fin, es necesario encontrar los mecanismos fiscales que igualen y estimulen a todos los actores de la cadena de valor del libro.

Breve memorial (a manera de resumen)

  1. Debilidad estructural de los canales de distribución y venta de libros
  2. Ausencia de políticas públicas integrales y coherentes que beneficien a todos los actores de la cadena de valor del libro y limiten la intervención (verdadera y desigual competencia) del gobierno en la industria editorial
  3. Modificar el criterio del libro asociado sólo a la educación
  4. Concentración de la oferta editorial en pocos títulos y empresas. Promover la bibliodiversidad
  5. Acceso difícil de muchos lectores a los libros
  6. Deficiente atención únicamente a ciertos puntos del territorio nacional (las tres principales ciudades) y la falta de incentivos para la exportación.

La paradoja

Por último, y con el afán de dejar abierta las puertas a una reflexión mucho más amplia, es necesario señalar que existe invisibilidad de la oferta editorial en los escasos puntos de venta.

Se hace necesario, por tanto, atender a la “demanda suprimida”, que trae como consecuencia, además de la piratería, dificultades graves en el acceso a los libros, tanto en las librerías como en las bibliotecas públicas.

Si no hay una política integral, y presupuestos suficientes para la promoción de la lectura, y por tanto del libro, seguirá dándose el fenómeno de grandes devoluciones y, por tanto, precios elevados.

Por último, y no por ello menos importante, es preciso señalar que no sólo los libros experimentan estas grandes dificultades. Las publicaciones periódicas tienen problemas de distribución, y en la venta de publicidad, además de que carecen de registros veraces de su circulación, y enfrentan la competencia desigual con los grandes grupos y costos de exportación elevados. (Fin)

La industria editorial como entidad estratégica de la economía nacional (primera parte)

En diversos foros, la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM) ha expresado la necesidad de que se considere a la industria editorial como estratégica en el desarrollo económico del país. Y no es un capricho ni un arrebato desmedido. La influencia de la industria editorial como gestora de la cultura escrita, desde el punto de vista educativo y cultural es innegable. Por ejemplo, más de 50 % de la distribución y venta editorial se destina a libros de texto, ya sea para los programas de secundaria, venta en escuelas o para las bibliotecas, a través de Bibliotecas de Aula y otros programas.

La editorial es una industria que produce y comercializa contenidos, y estos generan conocimiento, cultura y esparcimiento, además de que enaltece los valores y ayuda a la reconstrucción del tejido social, fundamental en los aciagos momentos que vive el país.

Quienes integramos la Cámara, editores de libros y publicaciones periódicas, consideramos urgente la implementación de políticas públicas eficaces de apoyo a la lectura. Los índices de lectura en el país, más allá de las encuestas y las metodologías, no crecerán mientras no se considere a toda la cadena de valor de la industria editorial como prioritaria para el desarrollo del país. Las estrategias de fomento a la lectura que se implementan sin considerar la creación y apoyo a las librerías, están destinadas al fracaso. La librería es un eslabón fundamental, es el enlace que tiene contacto directo con el lector: es el propagador natural del libro.

Para nadie es un secreto que la industria editorial vive un estancamiento preocupante. El mercado no crece y el existente se contrae ante la situación económica del país. Cualquier movimiento negativo en los índices se plasma en las industrias culturales, que son muy sensibles ante los avatares económicos. (Continuará.)

Ciudad de México, a 30 de julio de 2016

El pasado 30 de julio, publiqué en este espacio la primera parte de la ponencia presentada en el marco de las consultas para la Ley General de Cultura. Va a continuación la segunda parte de ese texto:

Ernesto Piedras, en su libro ¿Cuánto vale la cultura? dice:

“Las industrias culturales agregan valor económico y social a las naciones e individuos. Constituyen una forma de conocimiento que se traduce en empleos y abundancia, consolidándose la creatividad –su “materia prima”– para fomentar la innovación en los procesos de producción y comercialización. Al mismo tiempo, son centrales en la promoción y el mantenimiento de la diversidad cultural, así como para el aseguramiento del acceso democrático a la cultura. Las industrias culturales tienen esta doble naturaleza cultural-económica y participan en la economía en términos de la creación y de la contribución del empleo al Producto Interno Bruto” (P.29).

Gabriel Zaid, por su parte, abunda en el tema en los diversos artículos recogidos en el libro Dinero para la cultura, de obligatoria lectura.

De tal manera que este rubro es no sólo importante para la cultura en términos abstractos, sino también un factor económico digno de tomarse en cuenta. Según los resultados de la Cuenta Satélite de la Cultura en México, del INEGI, la participación de la Cultura en el PIB nacional fue de 2.8% en 2014. Dentro de este porcentaje está la industria editorial.

Ante este panorama, es importante que las autoridades de educación y cultura (y las de economía también) propugnen para que se considere a las industrias culturales, a la editorial en específico, como económicamente estratégicas para el país.

Esto daría a la promoción de la lectura un cariz diferente, ya que se revelaría como un polo también de desarrollo económico, amén de su importancia en la educación y más aún como un factor determinante en la cohesión social.

Ahora bien, las mediciones de la participación de las industrias culturales, ahora llamadas industrias creativas, en el PIB, que generan el INEGI y otras instancias, consideran a la industria editorial como parte de este paquete.

De manera global, parecería que vivimos en jauja, con un crecimiento sostenido y con índices de exportación de contenidos envidiable. Pero hay una variable que no se puede dejar de lado: convivimos en el mismo apartado los creadores de contenidos, libros y publicaciones periódicas, con los desarrolladores de contenidos audiovisuales, es decir, fundamentalmente Televisa y Televisión Azteca, y con los desarrolladores de videojuegos, por ejemplo. Sería irrelevante citar aquí las diferencias existentes entre las industrias mencionadas.

¿Por qué es importante que la industria editorial crezca?

La industria editorial vive desde hace años un estancamiento importante. El repunte del crecimiento es fundamental para una cadena de valor que puede contribuir de manera relevante a la economía del país. De la mano de políticas públicas que fomenten la lectura, la industria editorial incrementaría la publicación de contenidos para el desarrollo de la cultura y educación nacionales y permitiría que el Estado y las empresas pudieran tomar decisiones acertadas de promoción de la lectura y la cultura del libro.

En 2015 el valor del PIB de la actividad de edición de Libros, periódicos, revistas, software y otros materiales, a precios de 2008, representó el 0.1% del PIB nacional.

Para el mismo año, el PIB nacional registró un incremento de 2.5%, respecto a 2014, mientras que el PIB de la actividad de edición de libros, revistas y otros impresos, registró un decremento de menos 0.9 por ciento.

El pasado 12 de julio, haciéndose eco de los datos mencionados más arriba, el periódico Reforma publicó un cuadro muy interesante donde menciona que el “Producto Cultural”, contribuye con el 2.8 % del PIB, y menciona que “la producción cultural en México superó a la agrícola y ascendió a 450 mil 683 millones de pesos en 2014”. (Si la industria editorial tuvo, para ese mismo año, una facturación por 10.6 mil millones de pesos, las preguntas son entonces ¿competimos? ¿Hablamos de lo mismo?)

Según estos datos, de ese 2.8%, el 6.6% corresponde a libros, impresiones y prensa y podemos ver que la danza de cifras confunde y no permite ajustarnos a la realidad. Sería ideal que el INEGI entregara datos desagregados, como lo hace para otras industrias.

La situación de la industria editorial se recrudece cuando el principal competidor es el Estado. (Y no sólo en la edición sino en la competencia de la industria gráfica y en la comercialización: el Estado es nuestro competidor más grande; incluso más grande de lo que ahora sucede con la industria petrolera) Ninguna otra industria tiene las características de que sean las instituciones estatales quienes acaparan más de la mitad de la producción.

En específico, el sector editorial privado en México produjo en 2014, 141.4 millones de ejemplares, que al sumarse con la producción de la Conaliteg (Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos): 164.6 millones de ejemplares dio como resultado una producción total de 306 millones de libros. (Continuará, última parte)

Facebook: carlos.anayarosique

@anayacar

@OpinionLSR

(Advertencia: La única intención de esta columna es llevar al espacio público una serie de reflexiones que buscan aportar elementos para la construcción de propuestas y alternativas de solución. Esta opinión no intenta ser criterio de verdad.)

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