Muere José Batlló, el librero furioso (Taifa Llibres)

Muere José Batlló, el librero furioso (Taifa Llibres)

«Ha muerto José Batlló. Pep de Caldes, el bardo, rey de una taifa republicana. Le recordaremos sin él quererlo. Enemigo de homenajes, aquí estamos, fallándole. Vivió con furia, bebió con furia, escribió con furia y no murió con furia porque sin furia no merecía la pena vivir. Humorista malhumorado, leyó, editó, tradujo y escribió, tanto que no le quedó otra que vender libros. Pasarán siglos y siempre quedará un poeta que le deba algo. No lloréis por él, él no lo haría; no recéis por él, era sordo a las plegarias y con el tiempo a casi todo lo demás. No descansará en paz. No sabría.»

Libreros de Taifa

Fuente original: Muere José Batlló, el librero furioso.

Para las generaciones más jóvenes José Batlló (Caldes de Montbui, 1939) que ha muerto en Barcelona a los 77 años este martes era ese señor imponente, con aspecto de villano de película, que sentaba sus reales en la librería que él abrió en 1993, Taifa, muy cerca del cine Verdi, en la que todavía hoy las últimas novedades conviven con una trastienda de libros de segunda mano. Batlló demostraba allí, cuando todavía las fuerzas le permitían acudir a su negocio, su amor por la literatura sin desmayo sin transigir con el «vil»  ‘best-seller’. Entre suslegendarios exabruptos se cuenta que una vez echó con cajas destempladas a un cliente que pretendía comprar el último libro de Pilar Rahola.

ELENA HEVIA /  http://www.elperiodico.com

Algunos de sus aforismos

Ni Dios, ni patria, ni Barça.
Cualquiera puede escribir un libro. Hay pruebas.
Solo hay pecado si hay remordimiento.
Sí, hay vida después de los libros, pero es de muy poca calidad.
No hay que confiarlo todo al día del juicio final.
Lo kafkiano ha devorado lo homérico
Es más fácil quedarse con un libro que con su contenido
La palabra es abeja; el silencio, miel.
No hay arrogancia mayor que creer en Dios.
El tiempo nada cura. Todo lo mata.

Posiblemente todo el que haya frecuentado Taifa tiene una anécdota sobre aquel librero que revivía –porque acabó sordo como una tapia- cuando se le pedía prescripción librera y él respondía con voz tonante. Otra de las historias de Batlló fue el encontronazo que tuvo con los ‘mossos’ cuando estos lo confundieron con un ladrón porque se le había ocurrido abrir su negocio por la noche.

Sin embargo, con esa faceta, la de librero no se acaba de mostrar la totalidad de la personalidad de Batlló que fue un poeta no excesivamente reconocido y sobre todo promotor literario, antólogo, traductor y editor de poesía y revistas literarias. Si esas vertientes no fueron muy conocidas por el gran público quizá se deba a que nunca frecuentó capillitas y ejerció de lobo estepario y creador clandestino cuando la poesía social que tanto apreciaba pasó de moda.

JUVENTUD SEVILLANA

Hijo de padre republicano, un jardinero que trasladó a la familia a Sevilla, Batlló vivió su infancia y su juventud en esa ciudad. Allí escribió sus primeras poesías y participó en la muy inquieta escena independiente teatral local, donde llegó a coincidir, en un montaje de ‘Final de partida’ de Beckett, con Alfonso Guerra. En 1963 se instaló a Barcelona y aquí dirigió revistas clandestinas como ‘La Trinchera, Frente de Poesía Libre’ y ‘La píldora’. En 1972 se puso al frente con Juan Ramón Masoliver de la revista literaria ‘Camp de l’Arpa’, en su primera etapa más creativa, y años más tarde fundó la excelente revista ‘Taifa’.

Quizá su mejor aportación sea la dirección de la colección de poesía El Bardo, que hace dos años cumplió medio siglo de vida, y que bajo la dirección de Batlló dio impulso a poetas como Vicente Aleixandre, Pere Quart, Max Aub, Ana María Moix, Gabriel Celaya, Félix Grande, Gloria Fuertes, Ángel González, Pere Gimferrer (con nada menos que ‘Arde el mar’, el libro que lo dio a conocer), Manuel Vázquez Montalbán y Antonio Carvajal. Como antólogo caben destacarse ‘Antología de la nueva poesía española’ (1969), ‘Narrativa catalana hoy’ (1970) y de ‘Poetas españoles poscontemporáneos’ (1974).

Su obra poética incluye ‘Los sueños en el cajón’ (1961), ‘La mesa puesta’ (1964), ‘Tocaron mi corazón’ (1968) y ‘Primera exposición’ (1970) y ‘Canción del solitario’ (1971). Uno de sus últimos trabajos fue una colección de aforismos, ‘Primer centinloquio del heterónomo’, que en un rasgo de rebeldía no firmó, en la que sentenciaba: “La catadura moral del paisanaje está compuesta de un noventa y nueve por ciento de catadura y de un uno por ciento de moral”. En la web de la Librería Taifa su equipo de libreros que continúan con su labor ha escrito: «No lloréis por él, él no lo haría; no recéis por él, era sordo a las plegarias y con el tiempo a casi todo lo demás. No descansará en paz. No sabría».

El decálogo del buen cliente de la Librería Taifa

Si sabe lo que quiere y no lo encuentra, pídalo; si no lo sabe, pídalo también.
Los libros mantienen un orden. Por favor, no lo altere.
Los precios marcados son fijos. Solo hacemos descuento a los amigos. Los amigos no piden descuento.
Hacemos todo lo posible por atender los encargos; cumpla sus compromisos pasándolos a recoger.
No olvide que el comercio y la filantropía son términos antónimos.
Los libreros somos una especie en extinción. No lo acelere; nosotros no tenemos ninguna prisa.
Recuerde que incluso los libros que no valen nada tienen su coste.
Hay millones de libros, a nosotros solo nos caben unos miles.
Los libros tienen su orgullo, los que se prestan no suelen volver.
Los libros no son de vidrio, pero si se tiran también se rompen.

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