Por qué los autores necesitan agente

Por qué los autores necesitan agente

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Guillermo Schavelzon / elblogdeguillermoschavelzon.wordpress.com

En el actual panorama de la edición, con un proceso de concentración editorial como nunca se había visto, y una caída importante de la venta de libros en España y en todo Latinoamérica, los autores necesitan agente literario más que nunca.

Fuente original: Fuente original: Por qué los autores necesitan agente | El blog de Guillermo Schavelzon.

Las editoriales independientes de hace unas décadas, que competían por conseguir y promover autores, ofrecer lo mejor a los lectores fieles a su línea, y también vender más, hoy casi no existen. Aunque mantengan su nombre original, muchas veces el apellido de su fundador, poco a poco han sido adquiridas por compañías muchísimo más grandes, hasta llegar a constituir, en el mundo del libro en español, solo dos grandes grupos que, sin contar los libros de enseñanza, tienen más del 75% de las ventas.

Las empresas de semejante dimensión, tienen dos problemas tan grandes como ellas mismas:

Uno, que deben cumplir con las expectativas de ganancias que exigen los accionistas, que suelen vigilar más la rentabilidad, que cualquier otro aspecto de la empresa y sus productos.

Dos, que son organizaciones muy costosas, con grandes estructuras internacionales, enormes gastos e instalaciones, que no es fácil trasladar al precio de venta de los libros. Tienen una operación global, que también requiere un alto margen de ganancias para subsistir.

Por todos lados, el imperativo es uno y principal: ganar más. Este es el origen de muchísimas de las situaciones que, para los autores, son desconcertantes.

 “El objetivo de los editores, es equilibrar sus cuentas” Arnaud Nourry, CEO de Hachette Livres, en L’Express, 15 de abril 2010).

En medio de esta tensión, se ubica el criterio de selección de los libros que se publican. Los editores se ven presionados de todas las formas posibles, incluida su remuneración, a publicar éxitos de venta. Así funciona el sistema.

En las grandes editoriales hay excepciones, que suelen ser más acciones individuales de algunos editores, que una política de empresa. Muchas veces se hacen a espaldas de los directivos de finanzas, marketing y venta, en cuyas manos -no en las de los editores-, está la última palabra para decidir qué se va a publicar.

Los editores suelen ser gente culta, y apasionados lectores, que cada vez que pueden, deslizan en los planes de edición algún libro por el valor intrínseco que tiene, aunque sepan que se venderá poco. Estos editores saben que, logrando éxitos de venta, tendrán más independencia de decisión, que a veces utilizan de esta manera. Son señales de humo, que los agentes suelen captar. Tenemos que reaprender a leer las señales de humo, porque un editor que tiene que ocuparse de ochenta o cien libros al año, apenas puede responder mails en los fines de semana.

Cuando el libro que está en juego es un best seller seguro, disponen de todos los recursos financieros necesarios para disputarlo a la competencia. Cuando no hay certeza de venta segura, cada euro, cada dólar, es motivo de negociación.

En algunos casos, cuando desde la casa central se hace una contratación millonaria, a cada país se le asigna la parte del anticipo que deberá pagar, aunque esta contratación, muchas veces no elegida, consuma una buena parte del presupuesto del año.

Cada modalidad de edición, desde la gran corporación a la pequeña editorial, tiene su valor, y sus puntos de fragilidad, que son los desafíos a resolver. Tanto los éxitos de venta que producen unas, como los minoritarios aportes de otras, son necesarios para la sostenibilidad del mundo del libro y la edición.

Small is beatifull

Semejante concentración en empresas de semejante tamaño, tan complejas de dirigir, ha dejado espacios libres en el mercado, permitiendo surgir centenares de pequeñas editoriales independientes en todos los países, organizaciones mínimas, con muy pocos gastos, que pueden sostenerse vendiendo mil ejemplares, cuando un gran grupo necesita por lo menos seis a ocho mil. En ellas se ubica la edición de libros más arriesgada, de calidad, de autores poco o nada conocidos, o de rescate de valiosas obras olvidadas, las que, coherentemente con el estado cultural del mundo, suelen ser de poca venta.

La Pequeña Edición, que escapa al modelo dominante, asegura los géneros poco    comerciales, da a conocer en Francia toda una parte de la literatura, de la filosofía y de las ciencias sociales de otros países, reedita a ciertos autores  olvidados” Pierre Jourde, en Le Monde Diplomatique, enero de 2017.

Sin embargo, en las editoriales independientes no todo va sobre ruedas: pagan poco y mal a los autores, porque las librerías, necesitadas de los grandes best sellers que les proveen los grandes, les postergan los pagos y los desplazan en la exhibición. Cuidan poco la gestión administrativa y financiera,  tienen dificultades en la distribución, y no pueden exportar.

Los libros que cada una de ellas publica en su país, por más intentos que hagan, apenas circulan en otros. No es fácil aceptar que el concepto tradicional de exportación ha caducado, los costos de fletes, aduanas, y las complejidades administrativas, imposibilitan, tanto para el exportador como para el importador, las pequeñas operaciones, y si un libro funciona en algún país, pasarán meses hasta que vuelvan a llegar más ejemplares. Por eso los libros tienen que fabricarse en el país en que se van a vender. Ahora es posible porque la tecnología digital permite ediciones de bajo tiraje a costos razonables, pero aprovecharlo requiere de una capacidad de gestión que las editoriales chicas, con toda la energía puesta en el catálogo, no tienen ni pueden pagar. Tendrán que encontrar, en cada país, partners a su medida, con los que intercambiar estos servicios.

Una agencia literaria intenta, y muchas veces logra, encontrar pequeños editores en cada país, aunque cada uno haga una edición de quinientos ejemplares o menos aún.

Las agencias, casi todas equiparables a las editoriales independientes en cuanto a estructura, tamaño y formas de tomar decisiones, pueden trabajar a más largo plazo, haciendo gestiones que implican mucho trabajo, y ninguna rentabilidad inmediata.

Hablando de la reducción de la feria de Frankfurt, señaló Carles Geli en El País (19 de octubre 2016): “Inversamente proporcional a su reducción física (la crisis y las fusiones editoriales han encogido visiblemente el encuentro) … el único espacio que crece es, año tras año, el de los agentes literarios”.

En este maremágnum editorial de abundancia, pobreza y confusión, tiene que moverse hoy un escritor. Es difícil para el autor que comienza, y es más complicado aún para el autor que ya publica y vende bien, aunque su problemática sea distinta. Ambos están desconcertados. Nada más difícil que estar solo.

Por qué el agente literario

“Sin un editor y un agente literario es muy difícil escribir” (Laura Restrepo), “yo creo que un agente brinda estabilidad a un autor” (Claudia Bernaldo de Quirós, Pau Centellas y Palmira Márquez, agentes). “La supervivencia de los agentes depende del valor añadido que aporten a sus autores” (Claudio López Lamadrid, director editorial de Penguin Random House), “un papel más pertinente que nunca… debido al exceso de información sin filtro” (Ofelia Grande de Andrés, Siruela); “la figura del agente ya está instalada y persistirá, porque cumple una función” (Jorge Herralde, Anagrama). Declaraciones a Winston Manrique Sabogal, en El agente literario de reinventa, El País.

 Más allá del “mito urbano”

El mito urbano dice que los agentes son, básicamente, negociadores de anticipos. Eso viene de cuando no existía la informática, ni había leyes que protegieran al autor, cuando algunos editores dibujaban las liquidaciones de derechos como querían. Había una consigna famosa de la decana de los agentes en español: “el mejor editor es el que mayor anticipo paga”. Ahora ya no es así.

 El agente que considera que el anticipo es lo más importante de un contrato,está apostando al fracaso de su autor.

Apostar al éxito, implica negociar una gran cantidad de cuestiones, que van desde las regalías hasta la forma de liquidación de las mismas, los formatos, las ventas directas, los derechos secundarios, las ediciones en otros países, la exportación, los soportes electrónicos, las adaptaciones de cine y televisión, todo lo que hará que, si la obra tiene éxito, aumentará de forma radical los ingresos del autor.

En el caso de un fracaso de venta, la intervención del agente habrá representado, para el autor, recibir un 15% menos del anticipo, y nada más, ya que, si el libro no se vende, nunca volverá a cobrar. Pero en caso de éxito, que un agente haya negociado bien todos los aspectos del contrato, servirá para que el autor gane mucho más.

“Negociar, no es solamente discutir el anticipo. Es considerar un conjunto de criterios, que el agente piensa que está más capacitado para evaluar que el autor” (Juliette Joste, L’agent littéraire en France, www.lemotif.fr)

 Los abogados no son buenos representando autores, porque si bien redactan contratos indiscutiblemente correctos, están pensados para el caso de conflicto. Los agentes los redactan con menos perfección jurídica, pero pensados para el caso de éxito. Un contrato que prevea claramente los aspectos esenciales del negocio de la edición, es muy difícil que termine en los tribunales. No es una diferencia menor, es una distinta concepción del acuerdo entre dos partes.

Para las editoriales, el agente es el primer interlocutor

“Hace tiempo, Markus Dohle, CEO internacional de Penguin Random House, con sede en Nueva York, escribió una carta explicando la nueva política del grupo para el pago de derechos de obras digitales. ¿A quién la envió? A todos los agentes literarios. Eso dio lugar a una larga negociación, que permitió llevar los derechos digitales del 15 al 25 por ciento ¡nada menos que un aumento del 70% en los ingresos del autor! No creo que ningún escritor hubiera entendido esa carta, aunque estoy seguro de que la habrían aceptado” (Rachelle Gardner, agente en Nueva York, en www.rachellegardner.com).

“resulta más fácil para un editor tratar con un agente, que con 40 o 150 autores a los que este represente (Daniel Fernandez, presidente de la Federación de Editores de España).

 En muchas editoriales chicas, el agente no está bien visto, tienen la idea de que solo entorpece y encarece cualquier contratación. Eso está cambiando, en la medida que van encontrando agencias que funcionan de manera diferente a la vieja tradición. Las agencias también necesitan, y mucho, de las editoriales independientes. No es lo mismo entorpecer una contratación, que cuidar que no se le exija a un autor más derechos de explotación que aquellos que la editorial se compromete a utilizar.

 “Cuando entramos en contacto directo con un autor que no tiene agente, le sugerimos algunos. Porque los agentes son profesionales que saben lo que hace y por qué. Nosotros preferimos tratar con ellos…” (Jofie Ferrari-Adler, editor de Grove Atlantic, editorial independiente de Estados Unidos).

Otra cuestión fundamental, es la gestión de ediciones en otros idiomas, y los contratos de adaptación para cine y televisión. Estos son tan complejos como lo es el negocio audiovisual, y el contrato que se negocie será fundamental, especialmente en el caso de éxito. Si en el mundo del libro llamamos gran éxito a un libro que vende 50 mil ejemplares, en cine y televisión, éxito es llegar a varios millones de espectadores.

Una mención especial merece el llamado “sistema francés”, que todavía algunas editoriales de ese país defienden -las de más prestigio, en especial-, por el cual el editor retiene todos los derechos universales de la obra que publica, repartiendo lo que obtiene por traducciones y adaptaciones, a partes iguales entre autor y editor.

“Este sistema tiene un costo: en Francia prácticamente ningún autor se puede ganar la vida, toda la cadena del libro vive del libro, menos el escritor(Le Monde, 16 de noviembre de 2006).

Por estas -y algunas razones más-, estoy tan convencido de que los autores necesitan agente literario.

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