Remedios Zafra: “La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación”

Remedios Zafra: “La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación”

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JOSE DURÁN RODRÍGUEZ  / elsaltodiario.com/

Un ensayo con vocación de alegato, El entusiasmo, le sirve a la profesora Remedios Zafra para alertar de los malestares que aquejan al trabajo creativo y a quienes se dedican a él.

Hay una frase en el nuevo libro de Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) que describe con precisión un silencio histórico, atribuido al decoro, que ella pretende dinamitar. Dice así: “En algún momento de nuestra historia hablar de dinero cuando uno escribe, pinta, compone una canción o crea se hizo de mal gusto”.

Fuente original: Remedios Zafra: “La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación” – Edición General.

En El entusiasmo, Premio Anagrama de Ensayo en 2017, Zafra, escritora y profesora de Arte, Estudios Visuales, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla, se asoma a las condiciones en las que actualmente se produce y gestiona la cultura, puesto que —y es imprescindible el recordatorio— “nunca una creación se hace aislada del mundo material”.

Añade así una nueva capa al corpus que ha formulado en ensayos previos —también en Los que miran (Fórcola Ediciones, 2016), una muy recomendable primera incursión en el terreno de la novela—, siempre inclinado a la observación de cómo el arraigo de internet está afectando a nuestra vida.

No por previsible menos demoledora, una de las conclusiones a las que arriba su trabajo debería hacer saltar todas las alarmas ya que pone negro sobre blanco un estado de cosas insostenible: el mundo cultural, resume Zafra, “es mantenido por colaboradores a tiempo parcial, entusiastas becarios y figuras diversas para la gestión de redes”.

¿Por qué es importante analizar la precariedad en el trabajo creativo en la era digital y hablar sobre ella?
La precariedad es una de las formas más habituales que adquiere la desigualdad en el capitalismo y es importante porque hoy caracteriza los modos predominantes de trabajo en un mundo conectado. Es tan habitual que tiende a pasar desapercibida. Y me parece que esto ocurre por varias razones, entre otras: la precariedad en el trabajo creativo se camufla con altas dosis de motivación y voluntarismo; en ocasiones recibe pagos inmateriales o simbólicos que hacen sentir a los trabajadores que ya han tenido una ganancia —aunque sea un mero certificado o un mayor número de seguidores—; refuerzan la tradición de que la creación conlleva un pago ‘distinto’ —“qué afortunado soy por dedicarme a lo que me gusta”—.

Esta naturalización de las formas de precariedad en la era digital se apoya, además, en vidas online donde cada vez dedicamos más tiempo a gestionar nuestras redes y a ‘nosotros’ en ellas. Nosotros como el gran producto creativo de ahora.

¿Por qué hay que hablar sobre ella? Porque esta precariedad habla de la época que vivimos y, por tanto, trata de algo que nos está pasando, que podemos y en lo que, si en algo nos importa lo social, tenemos que intervenir. Me parece que escribir sobre ella, ayudar a pensarla, contribuye a romper el lazo de su ‘normalización’, pero también nos facilita reflexionar sobre las nuevas formas de conformación de valor en un mundo en red, la política implícita en esta economía.

Cuando el sistema cultural se sostiene en la precariedad y en la competitividad, los vínculos entre iguales corren el riesgo de fracturarse

¿Qué la hace diferente a las precariedades de otros sectores productivos?
Pienso que, ante todo, la motivación implícita en todo trabajo creativo. La vida cultural y creativa suele venir de prácticas en muchos casos vocacionales que en algún momento nos orientaron a una formación dirigida y, en otros, a transitar por determinadas aficiones con pasión y entusiasmo. Hay, por tanto, una clara expectativa.

Un joven repartidor de comida a domicilio puede compartir precariedad con un escritor cuando ambos compiten por los mismos trabajos temporales y mal pagados, pero habitualmente el trabajador creativo viene de desinflar su currículum, quitarse años y ver frustrada su expectativa profesional mientras sigue haciendo másters. Creo que es aquí, en la expectativa que los trabajadores creativos tienen sobre sí mismos después de una vida —joven y adulta— dedicada a la formación, donde se dibuja algo singular de la frustración laboral contemporánea. Expectativa que hoy se canaliza, expresa y transforma en una cultura en red.

¿Cómo afecta esa precariedad a la propia creación y a los mensajes que se transmiten desde las industrias culturales?, ¿se nota de alguna manera o pasa completamente desapercibida a los ojos de quien recibe esos mensajes?
Las formas de crear están cambiando con internet y esto tiene múltiples lecturas tanto descriptivas, y más antropológicas, como lecturas políticas y críticas. Bajo este último enfoque podríamos decir que la creación también es ahora más precaria. Varios pensadores hablan de la imagen y la obra precaria en las redes surgidas de la celeridad, la vulnerabilidad, el remix y la caducidad. Obras condenadas a ser sustituidas rápidamente por lo más nuevo, lo más visto, que se hacen y almacenan sin apenas ser vistas. Como efecto, la creación se vuelve rápida y excedentaria, apoyada en titulares que buscan resumirlo todo, emocionar y no pensar, primando la acumulación y la cantidad a la profundidad.

Los mensajes de las industrias culturales siguen la misma inercia, como si la maquinaria no pudiera parar, se apoyan más que nunca en aspectos emocionales e intuitivos. Y me parece que la percepción de este tipo de creación tiende a ser interiorizada como parte de los tiempos que vivimos. Es fácil habituarse a estrenar constantemente información y obra. Es lo que también hacen los niños cuando, frente a diez regalos, piden más sin haberse parado a ver qué había en los anteriores. Tengo la sensación de que hemos dejado de mirar con atención las cosas. Vamos demasiado rápido y la concentración se posiciona como una de las grandes pérdidas, o de las grandes crisis.

Afirmas que “el sistema cultural se vale hoy de una multitud de personas creativas desarticuladas políticamente”. ¿No se supone que las personas creativas, los sujetos que trabajan en/con la cultura, tienen una especial capacidad política, tanto en el análisis como en la práctica?, ¿no les ha valido para enfrentar esa desmovilización política?
Cuando el sistema cultural se sostiene en la precariedad y la competitividad, los vínculos entre iguales corren el riesgo de fracturarse. Después de la universidad es fácil encontrar a viejos compañeros compitiendo por los mismos empleos temporales, premios o becas que agranden su currículum entretanto esperan algo mejor. El concurso constante es una forma de mantener desactivadas a las personas, pues llegan a pensar que ganar a 50 personas y obtener un trabajo temporal o no remunerado es “un premio”.

De un lado, la inmersión en esa búsqueda constante de trabajo (mejor), de otro la competitividad, y como contexto un hábitat online que favorece nuevas formas de individualismo, esbozan un escenario que dificulta el vínculo político, más allá de las espontáneas conformaciones de multitudes online.

Cierto que las aristas son muchas y que el contexto cultural pareciera idóneo para una toma de conciencia política, pues la materia con la que trabajamos son ideas, expresiones, pensamiento. Sin embargo, este contexto se desactiva si no hay libertad y se sostiene en la desigualdad que provoca la precariedad, entonces priman la impostura y la inercia.

Tengo la sensación de que el capitalismo cultural anima a vivir la cultura como entretenimiento y consumo, o como intervalo que interesa pero después resbala

¿Para qué sirve entonces la creación cultural si no es para intervenir políticamente?
Coincido en que la creación cultural debe servir para ayudar a las personas a ser más libres, más iguales —socialmente—, más diversas —en nuestras formas culturales—, y claramente esto tiene una lectura política, puesto que toda creación que favorezca nuestra libertad se apoya en una toma de conciencia, en un posicionamiento disruptivo que de pronto nos permite visibilizar desigualdad o visibilizarnos en esa desigualdad.

Sin embargo, en la creación cultural contemporánea tanto las formas de trabajo como las formas de experimentar la cultura están influenciadas por viejos patrones que no terminan de ceder y nuevos que no terminan de nacer. Tengo la sensación de que el capitalismo cultural anima a vivir la cultura como entretenimiento y consumo, o como intervalo que interesa pero después resbala; es decir, como algo que no siempre llevamos a nuestra vida cotidiana.

Y pienso que tiene que ver con cómo el exceso de mundo visualizado en las pantallas genera tal saturación de noticias casi siempre negativas, que la cultura parece sucumbir a lo que ofrece el mercado dando la respuesta: “No piense, relájese, disfrute, aquí lo más vendido, lo que debe comprar/leer, lo que mermará su angustia un rato”. Las pantallas son las nuevas gestoras de grados de perturbación que toleramos, incluso de grados de autoengaño que estamos dispuestos a resistir.

¿Qué papel han jugado los sindicatos en este destrozo de los derechos laborales en la esfera digital que analizas en El entusiasmo?
La tradición de los artistas y creadores no ha sido la de un colectivo sindicado. Los mitos que han reforzado su individualismo y primar ante todo su obra frente al sueldo o retribución que esta merece han alimentado idealizadas figuras para las que hablar de dinero era de mal gusto. No obstante, el contexto no es uniforme y de muchas maneras comienzan a vencerse esas inercias, de forma que diversos movimientos asociativos empiezan a articularse de manera colectiva y reivindicativa con base en los trabajadores.

La precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación, porque es engañosa y tiende a hacer pensar que es temporal o que es necesaria como fase para trabajos mejores, más estables

¿No podría ser la afiliación sindical una manera de articular políticamente a esa multitud de personas creativas de las que se vale el sistema cultural?, ¿por qué no sucede esto, por qué no se considera a los sindicatos como herramientas para las personas que trabajan en las culturas?
Podría serlo, pero se precisa confianza en las estructuras sindicales también salpicadas por el fango de la corrupción que tanto ha afectado la política de este país. Parece entonces necesario resignificar lo viejo o idear nuevos formatos que cumplan la función de defensa de derechos de los trabajadores.

De otro lado, me parece que la precariedad en los trabajos creativos funciona como forma de domesticación, porque es engañosa y tiende a hacer pensar que es temporal o que es necesaria como fase para trabajos mejores, más estables. Cierto que esta situación, unida a la tradición de trabajo solitario en lo creativo y la actual crisis de vínculos entre iguales derivada de la competitividad del capitalismo digital, favorece un escenario de mayor individualismo, sin embargo cabe pensar que desde la conciencia la alianza siempre es posible.

¿Qué vías existen para crear una comunidad que pueda revertir las situaciones de precariedad que describes en el libro?, ¿es reversible esa precariedad?
Este libro está escrito como un intento de situar las contradicciones y conflictos del asunto en la realidad contemporánea, pero no está construido para llegar a unas determinadas vías argumentadas o conclusiones delimitadas, sino para animar el pensamiento propio y a interpelar con un relato político. Por ello creo que es más sugerente que propositivo.

No obstante, quienes se animen a leerlo podrán transitar por vías especulativas relacionadas con la alianza, la imaginación y la mutación como “vías” lo suficientemente amplias para imaginar fórmulas más concretas y contextualizadas. Creo que ayudar a pensar, y no sentenciar lo pensado, es más coherente con la defensa de libertad que hace este libro.

Sobre si es reversible, no se trataría tanto de volver al estado anterior, sino de transformarlo y ser capaces de crear otras, mejores, condiciones. Liberar la imaginación de tanto lastre precario es un reto porque los cambios que precisamos son también estructurales.

La vanidad es el gran motor de las redes y de ello se valen las industrias digitales para las que “el yo” es el producto

¿Hasta qué punto la vocación y el ego funcionan como un engaño en estas profesiones creativas de las industrias culturales, como una coartada para aguantar condiciones inaceptables en cualquier otro trabajo? Lo aceptas porque es “tu vocación”, tu canción, tu cortometraje, tu libro, tu artículo y porque sale tu nombre.
La vocación es un asunto tan crucial como íntimo cuando lo que está en juego es “nuestro nombre”. Como si despojados de lo material nos lo jugáramos todo a ese nombre que se convierte en marca, en portada de artículos vacíos de sentido pero que cumplen las normas, en epígrafe de un currículum repleto de certificados con membrete, en interruptor de registros Google que te definen, en secuencias de números de seguidores que se acumulan. No hay motivación mayor para un humano que uno mismo, la vanidad es el gran motor de las redes y de ello se valen las industrias digitales para las que “el yo” es el producto.

¿Existe un entusiasmo que pueda acabar no haciendo el juego al sistema? De existir, ¿dónde se encuentra?
La vulnerabilidad del entusiasmo radica en convertir a los entusiastas –subordinados– en agentes partícipes de su propia subordinación. Trabajar gratis y dar las gracias es algo que podemos encontrar en quienes tienen miedo o viven situaciones de desigualdad. En el libro desarrollo esta idea en relación a pobres y mujeres que se incorporan al mercado laboral con una mayor expectativa queriendo demostrar que pueden hacerlo y que lo harán con más motivación que nadie, chocándose casi siempre con la claudicación y el abandono como algo alimentado y previsible. La desigualdad es la fuente de esta opresión derivada del abuso de poder apoyado en ese entusiasmo inducido.

Frente a ese entusiasmo que surge como estrategia para lograr un trabajo o un reconocimiento y del que se beneficia un sistema que quiere más por menos, existen formas de entusiasmo sincero relacionadas con la pasión creativa cuando se vive en libertad y con mayores grados de igualdad. Me parece que si este entusiasmo habitara un lugar sería este, el de la libertad.

El trabajo creativo en la era digital aparenta ser incorpóreo, poco físico, pero afecta directamente a los cuerpos de las personas que lo realizan. ¿Cuáles dirías que son los principales accidentes laborales que sufren, en sentido metafórico y también en sentido literal?
Creo que los accidentes y heridas laborales de los trabajadores digitales tienen especialmente que ver con la ansiedad. Esa sensación de no poder abarcar lo que se quiere hacer, acceder a lo que se ha descargado, ver lo que está disponible, responder a las demandas e interpelaciones humanas y de la máquina, vivir-trabajando…

No es de extrañar que el uso de ansiolíticos y medicamentos que permiten un “entusiasmo artificial” haya aumentado tanto en los últimos tiempos. Este es un asunto que me interesa y sobre el que directa y transversalmente transita la protagonista de El entusiasmo a lo largo del libro.

En Clavícula, Marta Sanz escribe sobre el daño físico de una trabajadora cultural y Belén Gopegui ha abordado los aspectos laborales de un gigante tecnológico multinacional de hoy como Google en su última novela. Tu ensayo también trata el asunto de las condiciones de trabajo. ¿Se ha roto una especie de mordaza o tabú sobre la cuestión material de quienes crean?, ¿a qué crees que obedece esa ruptura?
Las condiciones materiales de trabajo cultural han cambiado fuertemente con internet y al compartirlas no solo hablamos de quienes crean como profesionales de la cultura, sino que hablamos de facetas cotidianas en la vida de todas las personas conectadas que hoy vivimos y creamos en las pantallas.

Supongo que esta desjerarquización de la creación como algo que nos interpela a todos, aunque en distinto grado, genera un interés mayor porque hablando de nosotras hablamos de muchas personas. Y hablamos de personas que “tienen cuerpo”, que se ensucia, engorda, disfruta, duele y se cansa… Escindir del trabajo intelectual esta realidad ha supuesto un sesgo también político, en tanto los cuerpos y sus cuidados eran “cosa de mujeres”.

Sobre esa posible mordaza que sugieres, quizá merecería una reflexión más pausada, pero advierto que los pobres que trabajaban no tenían tiempo para escribir sobre cómo trabajaban. Hoy las personas pobres y precarias también crean y, a poco que tengan conciencia política, hablar sobre sus condiciones de trabajo es algo que fluye.

Por otra parte, por fin empiezan a escucharnos y a leernos a las mujeres. Y esa es una de las grandes mordazas, que hasta hace bien poco las mujeres no podíamos ser creadoras, o nuestra creación venía previamente denostada o encorsetada en publicaciones que nos querían solo enseñando la cocina, soñando con el amor, como amantes o esposas y como cuidadoras de los otros, y no de sí mismas.

Allí donde los trabajos de contextos culturales y creativos son más precarios, los trabajos siguen estando feminizados

No parece casualidad, en efecto, que las tres seáis mujeres. ¿Afecta de modo distinto la precariedad del trabajo creativo a hombres y mujeres?, ¿hay también una respuesta diferente ante ella por parte de unos y otras?
Siento una hermandad intensa con las mujeres escritoras, especialmente con mujeres como Marta y Belén, con quienes sintonizo en muchas formas de ver el mundo. Sobre tus preguntas, pienso que afecta de modo distinto, porque las mujeres todavía seguimos –no por voluntad propia– atadas a las herencias de los cuerpos y los cuidados, precedidas de una imagen y un cuerpo sobre el que todos se reservan el lujo de opinar, y faltas de historias que vengan escritas desde nosotras, libres de patriarcado.

Allí donde los trabajos de contextos culturales y creativos son más precarios, los trabajos siguen estando feminizados y la respuesta también es distinta, pues mientras a los hombres se les anima a buscar algo mejor, la expectativa puesta en muchas mujeres es animar a la renuncia por la familia, a una jornada más flexible o más corta, con menos sueldo, que le permita cuidar a hijos, enfermos o ancianos. Esa expectativa que silenciosamente atraviesa nuestra vida cotidiana alimentando la resignación y negando la capacidad de reacción.

Vencer esa tendencia asimétrica hace que el plus de entusiasmo de las mujeres en los trabajos creativos sea si cabe mayor y la carga a sus espaldas también, porque se espera que “claudiquen”. ¿Cómo no va a dolernos el cuerpo?, ¿cómo no vamos a reivindicar que los hombres que leen y piensan también tienen cuerpo –y manos para cuidar– como nosotras que también leemos y pensamos?

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