Una política para los libros. Industria, arte y mercado

Una política para los libros. Industria, arte y mercado

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Joaquín Sánchez Mariño / lanacion.com.ar

Hay un libro infantil que ya no se consigue en las librerías. Al abrirlo se veía una primera imagen de un camión. En la siguiente página uno descubría que era un camión de juguete, más chico de lo imaginado, y que reposaba en la mano de un nene. Otra página adelante, se veía que en realidad el camión era más pequeño aún y la mano del nene que lo sostenía era apenas un dibujo en un minúsculo libro abierto de par en par en el piso de una habitación. Así, conforme iban pasando las páginas, el tamaño de las cosas disminuía en manos de una imagen mayor, que cambiaba siempre la perspectiva de las cosas.

Fuente original: Una política para los libros. Industria, arte y mercado – 17.01.2016 – LA NACION  .

Lo que pasó a partir de la liberación de la importación de libros es algo parecido a ese relato infantil: cada nota u opinión anulaba, engrandecía o ridiculizaba la anterior. Pero era todo parte de lo mismo: imágenes ciertas de un tema complejo. La medida, que deja sin efecto la resolución 453/10 (que imponía condiciones para la entrada de ciertos libros alegando la cantidad de plomo en tinta) no sólo fue una decisión política contundente, sino también el disparador de una pregunta: ¿qué hizo y qué puede hacer el Estado por la salud del libro?

El despacho del ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, tiene una enorme mesa de madera en el centro. Allí se acumulan montones de expedientes, carpetas con papeles de proyectos que el ministro tiene que ir firmando o rechazando. Sentado junto a esa mesa discute ésta y varias de las medidas de fomento a la lectura que se realizaron desde el inicio de la era kirchnerista hasta ahora. “Algo importante -dice- tiene que ver con las políticas de adquisiciones de libros por parte del Ministerio de Educación. Libros para distribuir entre los estudiantes. Me parece que esa política por parte del kirchnerismo fue muy positiva y hay que mantenerla.”

Desde el sector editorial, todos coinciden. Fernando Fagnani, gerente general de Edhasa (que distribuye Anagrama y Salamandra), dice: “Si uno tiene que hacer un balance sectorial, lo más importante fue la compra de libros por parte del Estado. Primero, por el número de libros. Y segundo, porque fueron compras hechas a muchas editoriales, lo cual significó una entrada líquida de capitales. Y además eran compras bien hechas”. Lo mismo opina Antonio Santa Ana, escritor, editor freelance y consultor para editoriales, aunque mantiene reparos ante algunas pretensiones: “Estuvo bien comprar a editoriales independientes porque los libros eran buenos, pero a veces esas editoriales terminan pensando que tienen que comprarles porque sí, y no es así. Tiene que tratarse de buenos libros”.

Alberto Sileoni, seis años ministro de Educación en el gobierno de Cristina Kirchner, fue uno de los principales responsables de estas compras. A punto de irse de vacaciones, desde su casa busca unos archivos y comparte algunos datos: “Más de 90 millones de libros compró el Estado. Con un sistema muy federal, siempre priorizando a editoriales chicas y medianas. Una inversión de 1700 millones de pesos para que tuvieran libros todos los establecimientos educativos de todos los niveles: inicial, primario, secundario y terciario; para que hubiera libros en el ámbito urbano, en el ámbito rural, en las cárceles?”, expone con orgullo.

Bueno, malo, pendiente

“La clave es que las políticas tienen que estar coordinadas con el sector y ser sostenidas en el tiempo, si no, no tiene sentido invertir mucho dinero en políticas que después van a dejar de existir, porque la acumulación es lenta y la desacumulación es rápida. Entonces, la convergencia entre actores públicos y actores privados es muy importante”, explica Alejandro Dujovne, investigador del IDES-Conicet y autor de Una historia del libro judío (Siglo XXI).

Mirando hacia atrás, ve varias políticas de fomento positivas y sostiene que hay que analizarlas de manera integral. “Una medida importante ha sido la que llevó adelante el Ministerio de Relaciones Exteriores a partir de la presencia argentina en la Feria de Frankfurt de 2010. Previamente, con el objeto de que estuviesen disponibles los libros, se implementó el Programa Sur, un programa de traducciones que ha sido muy amplio en términos de recursos y ha hecho circular en una importante cantidad de lenguas muchísimos libros de autores argentinos, ha permitido que algunos autores viejos que no estaban difundidos y fundamentalmente una camada de jóvenes pudieran ser conocidos en el exterior. Ese programa ha tenido continuidad en el tiempo y creo que es una medida que tiene que ser convertida en política de Estado a largo plazo.”

En contrapartida, el recuerdo de Avelluto en relación con la Feria de Frankfurt no es tan positivo. “En esa ocasión el Estado argentino utilizó esa invitación para fines políticos, llevando en su gran mayoría -casi no recuerdo excepciones- a escritores e intelectuales que habían adscripto públicamente al Gobierno. Ahí yo vi que, más que promover la cultura argentina en el exterior, se buscaba mostrar sólo el segmento de la cultura que apoyaba al kirchnerismo. En la política cultural, como en la política editorial, hay una máxima de los editores que dice que no tenés que confundir nunca tu catálogo con tu biblioteca, tus gustos con los de los demás, tus intereses con los de la comunidad. Y eso como ministro es exactamente igual. Por eso mi política cultural, o la del Presidente, no es la política de nuestros gustos o nuestros intereses personales, y no debería serlo tampoco. Yo en todo caso pretendo ser un buen gestor cultural de la diversidad, no de lo que a mí me interesa.”

Sin embargo, es también Avelluto quien destaca otro aspecto positivo del gobierno que se fue. “Algo interesante fue la modalidad de compra para la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip). La Conabip, que es una institución extraordinaria, provee de libros a las bibliotecas populares. El problema era cómo el Estado compraba esos libros. Decían: ?Armamos una comisión de notables, elegimos temas’, siempre con una idea paternalista según la cual el Estado le decía a la gente lo que tenía que leer. Y lo que se hizo ahí, que fue revolucionario, fue decir a los bibliotecarios: ?Señores, estudien a su público. Acá tienen el dinero, vayan a la Feria del Libro que les dedica un día entero y compren con el 50% de descuento. Llenen el changuito’. Insisto: se trata de no imponer lo que se supone que está bien y lo que se supone que está mal. Es uno de los grandes dilemas de la gestión cultural: no hay que hacer demagogia, pero al mismo tiempo no hay que colocarse en el lugar de maestra Siruela.”

Sileoni no comparte del todo esta idea. Para él, el Estado sí debe intervenir de alguna manera: “Nosotros no trabajamos a demanda con las escuelas, es decir, no les dábamos lo que nos pedían sino lo que el Estado consideraba conveniente -explica-. Fue una decisión política. Si uno le pregunta a una persona qué bebida cola quiere, todos van a decir la misma, pero no significa que sea la única o la mejor. Y ése no es el rol del Estado. No es que no escucháramos a las escuelas, sino que tratamos de intervenir en algún sentido, porque si no, vendían los que siempre vendieron. Y eso no está mal, pero nosotros decíamos: que también vendan algunos que no hayan vendido nunca. Hoy no te puedo decir que todos los chicos leen a Paul Celan, pero sí puedo decir que hay libros suyos en todas las escuelas. Y ése es un primer paso”.

Y Avelluto, en una especie de diálogo virtual bastante representativo, responde: “A mí me interesa la promoción de la lectura y la promoción de la literatura argentina. Lo que no me interesa es decirle a la gente qué tiene que leer. Me interesa generar un público que esté en condiciones de elegir. Yo necesito que la gente lea, no decirle qué tiene que leer”.

¿Libre circulación?

Sebastián Martínez Daniell, editor de Entropía, también opina al respecto: “En medio de todo este debate hay una cuestión más abstracta y también más nodal: las reglas que regulan aquella ?libre circulación’ de bienes culturales. ¿Qué tan libre es esa circulación, no sólo en Argentina sino globalmente? ¿En qué punto se intersectan y en cuál se distancian los conceptos de ?lector’ y de ?mercado’? ¿Cuáles son las posibilidades reales de elección que tiene un lector cuando se sumerge en el mercado al pisar una librería? ¿Cincuenta sombras de Grey vende mejor que, no digamos El santo, de César Aira, o Los diarios de Renzi, de Ricardo Piglia, sino Sumisión, de Houellebecq o En movimiento, de Oliver Sacks, porque los lectores se inclinaron ?libremente’ por la obra de E. L. James? ¿Cuáles son los fundamentos de esa ?libertad’? Pretender agotar en pocas líneas estas preguntas con hipótesis que llenan bibliotecas enteras sería inútil y soberbio, pero por ahora basta alertar sobre la confusión que puede darse entre las ideas de ?lector’ y ‘mercado’. El lector debe luchar por el derecho a la bibliodiversidad, pero no parece ser el mercado quien vaya a satisfacer esa demanda”, dice.

Son varios debates: una cuestión es cómo asegura el Estado que en el mercado haya bibliodiversidad, otra es cómo se hace para formar lectores que la valoren y exploren.

“Para el desarrollo o simplemente la subsistencia de las editoriales independientes, habría que apuntar a otro tipo de políticas de Estado: las compras masivas por parte de las entidades públicas, los incentivos fiscales a la producción cultural, las facilidades para la adquisición de papel a costos competitivos internacionalmente, el fomento a la exportación y la traducción de ediciones locales en el exterior, el estímulo de líneas de crédito que no se transformen en una pesadilla burocrática”, enumera Martínez Daniell.

Por su parte, Santa Ana apunta a la generación de espacios de lectura que realmente sean nuevos: “Un problema es que las políticas de fomento a la lectura se suelen hacer en lugares donde la gente lee, y eso es un poco absurdo. Habría que hacerlas donde la gente no lee”. Parecido opina Fernando Fagnani, que dice que “se debería fomentar la aparición de librerías en lugares donde no las hay. Se debe proteger las pequeñas librerías porque ahí se crean lectores, se crean comunidades, la gente muchas veces decide lo que compra en las mismas librerías. Es un lugar donde germinan los lectores”.

“La principal tarea que tiene el Ministerio no es evitar que las pequeñas editoriales compitan con libros de otros autores de otros lugares del mundo, sino apostar a la formación de los lectores, que en todo caso buscarán la diversidad que existe en el universo editorial”, sostiene Avelluto, que no clausura la charla y parece abierto a que le discutan. Su despacho está repleto de expedientes. Será cue

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